jueves, 5 de abril de 2018

RASTROS DEL INCONSCIENTE MUNDIALISTA 1994

Romario besa la Copa del Tetra


Rafael Lastra Veracierto

Sebastiao Lazaroni fracasó al asumir que su esquema 5-3-2 era la panacea de Brasil para ganar un título sin Pelé.
El reemplazante en el banquillo, Carlos Alberto Parreira, tuvo en cuenta sus angustias, develadas cuatro años atrás en una aciaga tarde de Turín, en Italia.
Parreira, menos ortodoxo, concibió la fórmula intermedia: algo de jogo bonito y firmeza en el orden táctico; lo segundo sin subordinarse al anatema del catenaccio.
Esa selección brasilera había tenido que recurrir al último partido de las eliminatorias ante Uruguay en el delirante Maracaná. Y Romario disipó los temores (2-0), como también lo hizo en la final de la Copa América de 1989 (1-0) ante 170 mil almas.
En ese 1993, no olvidemos reparar en el detalle de la primera derrota de Brasil en su historial de participaciones en los premundiales suramericanos. Bolivia lo venció 2-0 en la altura de La Paz.
Ya en la cita universal de los Estados Unidos, los del talento, es decir Bebeto, Leonardo, Romario, Mazinho y Branco, acompasaron las notas de “los obreros”, algunos notables como Mauro Silva y Dunga.
Del guardameta Claudio Taffarel se dijo que había enterrado el mito de que en Brasil no se formaba bien en esa posición, lo que era inexacto por el carácter protagónico de Gilmar en los títulos de Suecia’58 y Chile’62, además de las actuaciones de Leao en Alemania’74 y Argentina’78.
Parreira también llevó al imberbe Ronaldo Nazario de Lima, goleador del Cruzeiro, y soportó críticas despiadadas, pues no le dio un solo minuto y mantuvo en el ataque a Romario y Bebeto.
De la misma forma, toleró los cuestionamientos detrás de cada partido de los mediocampistas Zinho y Raí, hermano de Sócrates, médico y filósofo de “la democracia corinthiana” que desafió a la dictadura militar.


El mal cálculo de Ravelli
Brasil solventó la primera fase y solo cedió un empate en el Pontiac Silverdome de Detroit contra Suecia, que ya proyectaba el dúo Martin Dahlin (hijo de padre venezolano) y Thomas Brolin para enfrentar a los históricos del certamen.
De hecho, en semifinales, rivalizó de nuevo con Brasil en California. Fue un compromiso difícil que se destrabó cuando el diminuto Romario -hoy figura política de su nación- conectó de cabeza un centro en el área del portero Thomas Ravelli. Minutos antes de encajar la diana, el cancerbero se mofó de la infructuosa procura del elenco amazónico.
“Ese se creyó que el partido había terminado”, me comentó el reportero gráfico y mi amigo Fernando “Pollo” Sosa, con quien observé aquel cotejo en la redacción del diario Meridiano, en Caracas. Sosa no era un experto en fútbol, pero siempre valoré sus apreciaciones éticas de la vida.
Casi todos los desafíos fueron complicados para Brasil. En octavos de final, el 4 de julio (día de la Independencia de EEUU), el equipo anfitrión creyó que podía sorprender a su linajudo adversario. A tales efectos, su DT Bora Milutinovic no dudó en constituir una sólida roca en la retaguardia, donde destacó el central Alexi Lalas, de barba color naranja y vocación rockera, y el portero Tony Meola.
La resistencia duró hasta el minuto 73, tras la aparición del haz del prisma. Bebeto escapó de la marca zonal de Lalas y silenció las gargantas de un país que por primera vez en su vida republicana soñó con un golpe de autoridad del soccer.
Los problemas aumentaron en el cruce de cuartos versus la Holanda de Ronald Koeman, Dennis Bergkamp y Frank Rijkaard. Los tulipanes equipararon con pressing y dinamismo el 0-2 que había conseguido Bebeto, quien dedicó con ternura dicha anotación a su esposa embarazada.
Si bien estuvo en jaque el único sobreviviente de Conmebol, ello fortaleció la cautela de Parreira: se ajustó la comarca posterior, mientras que de tiro libre en la fracción 81, asemejado a un obús japonés, Branco batió al golero Ed De Goey. Holanda quedó en shock y la canarinha iba a enfrentarse en la final a Italia, como en México’70.
La azurra venía de la mano de Robertino Baggio y bajo el caudillaje de Franco Baresi. Igualmente, brillaban Paolo Maldini, Roberto Donadoni y el laureado ex DT del AC Milan, Arrigo Sacci.
Me agradaba que Italia propusiera más y buscara el arco oponente. En semis, Baggio firmó el doblete contra la Bulgaria de Hristo Stoichkov e Iordan Letchkov, quienes fueron los artífices de la sensacional victoria 2-1 en cuartos ante Alemania, en Nueva Jersey.
El tiro libre de Stoichkov, de ejecución impecable y suramericana, devastó a los panzers. Y acabó con la mesura de amigos como Jorge Rueda Salas, periodista de The Associated Press. “Ya va hermano, no lo puedo creer”, me dijo sin pestañear frente al televisor. Por esos días, confeccionábamos nuestra tesis de grado para obtener la Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela.

Aburrido y en penales
     Muy pocos debieron pronosticar que en aquella tarde soleada del 17 de julio de 1994, en el estadio Rose Bowl, en California, Brasil e Italia dirimirían el tetracampeonato en un lance conservador, aburrido y cuyas imágenes de pantalla chica han de estar condenadas al olvido: Baresi persiguiendo los movimientos de Romario o Maldini entorpeciendo el traslado de pelota de Bebeto, al igual que Mauro Silva obstaculizando a Baggio. Irremediablemente se llegó a los penales, hecho inédito en las finales de copa orbital.
El epílogo fue demoledor para Baggio, tras fallar en esa instancia. El capitán Baresi tampoco acertó. Idéntico descalabro sufrieron Zico, Sócrates, Platiní, Maradona y Casely en diferentes épocas.
Todavía guardo en mi memoria la escena en la que Baggio experimentaba cabizbajo el cruel desenlace, y Taffarel se arrodillaba en el césped para alabar a Dios, mientras que sus compañeros exhibían una pancarta que dedicaba el título al recién fallecido piloto de Fórmula 1, Ayrton Senna Da Silva.
Pese a todo, Brasil era el tetracampeón, con un barniz de jogo bonito y mucha raza. Al estilo Parreira.

La efedrina que cortó piernas
      No sería descabellado afirmar que la fiesta de EEUU 1994 se recuerda más por el bochorno protagonizado por Diego Maradona al ingerir efedrina, una sustancia prohibida por la FIFA, pero no por el Comité Olímpico Internacional.
      “Tenía una congestión que no me dejaba en paz y la tomé para respirar mejor. No había intención de más nada, por Dios. Yo no me drogué”, insistió en una entrevista concedida a Telesur en 2017.
    Argentina necesitó de su liderazgo para clasificar en el repechaje al magno evento. El DT Alfio “Coco” Basile tuvo que ceder a las presiones mediáticas de su país, en alianza con el clamor popular, una vez consumado el 0-5 de Colombia en el Monumental de River Plate.        
Antes del affaire, el combinado albiceleste batió 4-0 a Grecia y 2-1 a Nigeria. La sociedad de un renovado Maradona con Caniggia alentó la esperanza del tricampeonato.
     Sin embargo, aquella imagen de TV, en la que Maradona fue invitado por Sue Carpenter a cumplir con el control antidopaje en Boston, era el preludio de un escándalo sin precedentes. No transcurrieron 24 horas cuando ya todo se sabía.
“Me cortaron las piernas”, declaró Maradona, quien quedó suspendido por la Comisión Disciplinaria del organismo rector del balompié, con el voto incluido del expresidente de la Federación Venezolana de Fútbol (FVF), Rafael Esquivel, hoy sentenciado por la justicia norteamericana al comprobarse su responsabilidad en el caso FIFA Gate.
El impacto de la medida trastocó anímicamente a la concentración sureña, que aún con el talento de Batistuta, Redondo y “Burrito” Ortega no logró conjurar el calvario de octavos, donde le esperó una inspirada Rumania.

Amargo café
Los transalpinos, conducidos por George Hagi e Ilie Dumitrescu, no solo laceraron el orgullo argentino con su triunfo 3-2 en Pasadena. En primera ronda, habían despachado 3-1 a una Colombia sobredimensionada por el performance en Buenos Aires.
Ciertamente, la tropa de Maturana atrajo al cosmos futbolístico, pero no para creer que efectivamente se iba a adjudicar el certamen. Fue un triste papel. Luego de sucumbir frente a Rumania, vino el 1-2 ante el conjunto de casa, con el autogol de Andrés Escobar, a quien el 2 de julio de ese año los irracionales de las apuestas no le perdonaron la vida.
A este caballero lo entrevisté para Meridiano en enero de 1994, cuando disputó un amistoso contra Venezuela en el estadio La Carolina de Barinas. “Respetamos el crecimiento de Venezuela y queremos seguir haciendo las cosas bien para el Mundial”, declaró luego de que los visitantes se impusieran 2-1.
Fue tarde cuando Colombia aceptó jugar sin presunciones. Ganó 2-0 a Suiza en el cierre y no le sirvió para trascender. Por años, he tenido la sensación de que pudo haber hecho más si esa prepotencia, ese menosprecio que le vimos a sus referentes, no formaba parte del show.

Cheché Vidal
     En el Mundial de EEUU’94, que demostró cómo los avances multimedia podían incorporarse a la logia del fútbol, despuntó el venezolano Juan José “Cheché” Vidal, vicepresidente de Tecnología del comité organizador.
       Medallista de oro en los Juegos Centroamericanos La Habana 1982 e integrante de la Vinotinto Olímpica de Moscú 1980, Vidal gerenció este novedoso aspecto sin evadir el tema del fútbol venezolano
       Aproveché su visita previa al país y me soltó unas palabras que no pierden vigencia: “Hay que levantar el nivel, hacerlo merecedor de un espectáculo televisivo, y en eso todos debemos aportar, en especial la dirigencia”, sostuvo en una amena tertulia junto al colega Guillermo Arrioja, quien lo conocía por la amistad con su padre, Vidal Douglas, honesto presidente de la FVF en 1985.  
En la próxima entrega, vamos a rememorar el Mundial de Francia 1998, en cuyo match definitorio aún no se tiene muy claro qué le sucedió a Ronaldo. ¿Vomitó o los nervios le jugaron una mala pasada? En la contraparte, un mediocampista de ascendencia argelina, Zinedine Zidane, se convirtió en el héroe. Allez La France!

Twitter: @rala1970
Correo electrónico: rafaelastra@gmail.com

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