lunes, 23 de abril de 2018

RASTROS DEL INCONSCIENTE MUNDIALISTA 1998

Zidane se levanta y anota el primer gol de la victoria 

Rafael Lastra Veracierto

Si bien cuando se realizó el Mundial de Francia 1998 la consciencia de periodista me había curtido contra la incandescencia, confieso el hastío por la canción oficial de Ricky Martin (“La Copa de la Vida”) y también la discrepancia con quienes no comprendieron que el primer título universal de Francia no fue un hecho deportivo casual.
El logro de Aimé Jacquet y la generación del chico de traslúcidas facciones árabes, Zinedine Zidane, está asociado  a una versión apologética del fútbol.
En un manejo sociológico, Jacquet dispuso del mejor talento sin atender críticas periodísticas sobre el origen de los jugadores y sus padres. De ahí que confeccionara una selección multirracial, algo inédito e impensable en los tiempos de Just Fontaine (marcó 13 goles en Suecia 1958), Henri Michel y Michel Platiní.
Solo ocho de los 23 seleccionados eran hijos de ciudadanos franceses. El resto había nacido fuera de esa nación o descendía de inmigrantes africanos, europeos o sudamericanos.
Baste ilustrar que el padre de Zidane era argelino; el zaguero Lilian Thuram nació en la isla de Guadalupe; la madre del delantero Youri Djorkaeff vino al mundo en Armenia y otro de los atacantes, David Trezeguet, se formó futbolísticamente en el Club Atlético Platense de Argentina.

Tereré en la Torre Eiffel
Para Les Bleus, el camino no estuvo exento de espinas. En octavos de final, dominó a un tenaz equipo de Paraguay, que venía de sorprender 3-1 en primera ronda a la Nigeria del trotamundos del banquillo, el serbio Bora Milutinovic.
Recuerdo que la épica guaraní se fundamentó en el liderazgo de su arquero y capitán José Luis Chilavert, y sus ordenados defensores Celso Ayala y “Colorado” Gamarra. Un fortín.
Aquel cotejo se extendió a la prórroga, en la cual se equilibraron las cargas. Hubo nervios en toda Francia con la infusión del Tereré.
En la fracción 116, Laurent Blanc se proyectó hasta el área oponente y recibió una habilitación de cabeza de Trezeguet para capitalizar el gol de oro. Sí, justo resultado, aunque tengo represada en mi memoria la imagen de dignidad de Chilavert levantando del césped del estadio Félix Bollaert, en Lens, a un desconsolado Ayala.
En cuartos, con el telón de los penales, Francia despachó a Italia (otra vez frustrado Baggio) y en semifinales tragó grueso contra la debutante Croacia de Davor Suker, Robert Prosinecki y Robert Jarni.
El conjunto valcánico hubo de concitar la atención del orbe al batir con un inobjetable 3-0 a Alemania en cuartos. Su juego evocaba el espectáculo de la Francia de Platiní y la picardía suramericana.
Pero, quedó en deuda ante Francia, pues se había ido en ventaja con diana de Suker y no se tuvo fe para incordiar a los locales, quienes recuperaron el aliento para la remontada de Thuram. Lástima.
Hay que insistir en que Francia jugaba bien, ajustó en los momentos complicados y nunca renunció a la vocación ofensiva, almidonada en los botines de Zidane.

Convulsiones de lo inapelable
Sin dudas, el mejor partido del seleccionado anfitrión fue en la final contra Brasil, en el estadio Saint Denis.
       El 12 de julio de 1998, con el presidente galo Jacques Chirac en la tribuna, Zidane no solo anotó dos de los tres tantos de la categórica victoria (el tercero fue obra de Petit) sino que se consagró al dictar cátedra: estuvo pletórico en las habilitaciones y delirante en la concepción de la gesta. Selló su impronta de jugador planetario.
       Doce horas antes del desafío, trascendió la noticia de las repentinas convulsiones de Ronaldo. En una época que no había Internet, leí los primeros cables internacionales de las agencias AP y EFE, mientras en la antesala de RCTV, Lázaro Candal compartía la preocupación con Jairzinho, comentarista de lujo para entonces.
El DT de Brasil, Mario “Lobo” Zagallo alineó a Edmundo para sustituir a Ronaldo, de conformidad con la recomendación médica, pero pudo más la publicidad y el marketing. Bendita vaina que casi siempre lacera la esencia del fútbol.
Aunque Roberto Carlos, compañero de habitación del afectado, relató tiempo después que los dolores abdominales derivaron en convulsiones, fue un episodio confuso y convenientemente poco aclarado. Todavía persisten versiones en torno a la presión y los nervios que sufriera “El fenómeno”.
“Me pude acobardar, pero salí a ayudar a la selección”, aseguró Ronaldo en una entrevista cedida al diario ABC de Madrid (España).
De cualquier manera, deambuló en la cancha. Nunca encendió el faro del desequilibrio y me dio la impresión de que sus compañeros estaban más preocupados por su salud que por derrotar a Francia.
Desde el día inaugural del certamen, Brasil no lució cómodo: superó por un autogol a Escocia (2-1) y al cierre de la fase de grupos, se vio impotente por la determinación de Noruega (1-2), que luego en octavos defraudó ante Italia (0-1).
       Con muchos problemas, el conjunto amazónico batió 3-2 en cuartos a la Dinamarca de los hermanos Laudrup y el portero Peter Schmeichel, y en semis, de penal, a la Holanda de Kluivert, Seedorf, Davids y Bergkamp, quien había sido el verdugo en cuartos de la Argentina dirigida por Daniel Pasarella.

Manito, el karma
       Habría que resaltar la buena primera fase de México, con el goleador Luis Hernández y el guardameta de los suéteres multicolores, Jorge Campos.
No obstante, cual karma milenario, Alemania frustró otra vez la esperanza del Tri, así como lo hizo en octavos Dinamarca con la insurgente Nigeria de Okocha y Kanu, que dos años antes había arrebatado a Brasil y Argentina, respectivamente, la medalla de oro del fútbol de los Juegos Olímpicos de Atlanta, en Estados Unidos.

Twitter: @rala1970

Email: rafaelastra@gmail.com

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