miércoles, 17 de julio de 2013

LA VINOTINTO DE SAN VICENTE DE PAÚL





La cancha de fútbol del San Vicente de Paúl

RAFAEL LASTRA VERACIERTO

El asfalto hirviente de la cancha de fútbol atestiguaba el silencio colectivo. El 1-4 del primer tiempo parecía suficiente castigo para los muchachos de la selección del Colegio San Vicente de Paúl. Solo aguardaban expectantes por la palabra de Chicho. Todavía nadie me explica porqué le llamaban así al profesor de Educación Física.

Piel morena, más de 1,95 de altura, ojos entristecidos y contextura delgada, Chicho caminó alrededor de sus dirigidos, cabizbajos y ahogados en llanto. Los miró como de costumbre: no era un tipo de carantoñas. Y habló con voz retadora:

-¿Ahora qué? ¿Tienen miedo? Ahí está su gente, los está viendo y ustedes ¿se van a dejar humillar? No, ¡eso no!

-No, profe, no nos vamos a dejar joder –replicó Eleazar Malavé, el atacante que había logrado el único gol de la casa.

-Así es, vamos a buscar el partido; a entregarnos todos, que nos maten ahí –afirmó Chicho, señalando con su dedo índice derecho el escenario del encuentro amistoso.

Más allá de arengas y deseos, la selección del 5º Año del San Vicente de Paúl debía darle vuelta al partido. Jugar a la antítesis de lo precedente. Porque en la etapa inicial, el mayor despliegue técnico y atlético del equipo del Licenciado Aranda, marcó la pauta. Demasiado como para imaginar la remontada.

El presagio de que todo terminara en una humillación, suscitaba el temor de los propios seguidores sanvicencianos. Hasta el director del plantel, Cayetano Prieto, aficionado al balompié desde su natal Reino de España, deslizó sus dudas entre “los curas paules”. Y desde el cielo, hasta el mismísimo San Vicente de Paúl veía todo complicado.

Y no era para menos: 5 de los 11 integrantes de la escuadra del Licenciado Aranda venían de disputar con la selección Vinotinto, el campeonato suramericano juvenil de Paraguay.

Que un equipo de fútbol de uno de los liceos más populares de la región tuviera entre sus filas a cinco miembros del combinado nacional, no dejaba de suponer un gran desafío para los jóvenes del San Vicente que habían confeccionado una de las selecciones colegiales de mayor reputación en el Departamento Vargas.

Chaco varguense

Gonzalo Mayora, el capitán Vinotinto y del Licenciado Aranda, sabía que enfrentar al San Vicente de Paúl no se iba a equiparar nunca con el debut del evento en Asunción de Paraguay, donde un estruendo de vítores le paralizó el corazón por unos segundos. Aquel 9 de enero de 1985, más de 40 mil hinchas en el estadio Defensores del Chaco esperaban por una goleada de su selección guaraní. “Nos gritaban de todo, que comiéramos arepas con petróleo, que fuéramos a jugar béisbol y les trajéramos a las mises. Nos ganaron 6-0”, recordó años después Mayora, oriundo de un pueblo costero del hoy estado Vargas.

Además de Mayora, estaban en la selección de Venezuela, los también varguenses Elio Vivarini, Manuel “Cebolla” Borges, Ramón Aguilera y Carlos Rojas. “Rojas leía muy bien los capítulos de las novelas. Estudiaba cuarto año en la mención de Refrigeración y Aire Acondicionado”, comentó su profesora de Castellano, Nancy Veracierto, quien por estos días se encuentra jubilada.

Pero, no solo Rojas anotó tres de los cuatro goles, con su zurda de mago. El guardameta Alberto Sanzonetti, apodado “Samba Loca”, conocía al detalle la cancha y al grupo por haber estudiado en el Colegio San Vicente de Paúl hasta el año escolar anterior.

Con la zurra de 1-4, aumentaba la mofa de quienes estábamos en la barra del Licenciado Aranda. Con vivas y aplausos, disfrutábamos la gelidez de nuestra venganza sobre “esos sifrinos del San Vicente”.

En esta oportunidad, no hubo que recurrir a “infiltrados” para fastidiarles la paciencia con una tanda de huevos y bombas de agua en los días próximos a cada carnaval. Por primera vez, en un campo de fútbol -en el suyo para más señas-, les enseñamos lo que teníamos en las alforjas. Por primera vez, les mostramos que no éramos unos simples “negros y pobretones”. Por primera vez, la muralla de cemento que separaba a ambas instituciones educativas, se había derribado hasta de las conciencias más decrépitas.

Olvidar al maestro

El director técnico de la Vinotinto juvenil de 1985 era Iván “Tiburón” García, un hombre apacible, cristiano y respetuoso del recurso humano. Fue goleador en los clubes Estudiantes y Universidad de Los Andes, en Mérida, lejos de la brizna caribeña que lo cobijó a su nacimiento, en el Departamento Vargas. Se le recuerda por un gol de cabeza que le dio el triunfo 2-1 a Venezuela sobre Colombia en el estadio Olímpico de la Universidad Central de Venezuela, en 1972.

García sintió afinidad por sus paisanos Mayora, Vivarini, Rojas, Borges y Aguilera. Todos participaron en el citado torneo subcontinental de 1985, cuando se perdiera también con Uruguay (0-3) y Ecuador (0-2), además de empatar ante Perú (1-1).

Pero, lo que estos discípulos olvidaron de su DT, fue su consejo de no menospreciar al oponente. Creyeron que lo del Ave Fénix, era una leyenda remota.

Los jugadores del San Vicente de Paúl, espoleados por Chicho, sus partidarios, y porqué no, con la anuencia providencial, derrocharon el amor de los que no se rinden, de los que luchan honesta e íntegramente hasta establecer el 3-4 en la pizarra. Con la reacción, ellos y nosotros nos dijimos hasta del mal de morirse. Vainas de muchachos.

El sol que lamía los techos de zinc de los ranchos circunvecinos y la tensa calma que se vivía en el rectángulo de juego, se manifestaron en una simbiosis inextricable: la analgesia pluviométrica.

“Vamos por el empate, vamos que se puede”, insistió Chicho, sin inmutarse por las primeras gotas de lluvia. Entre los adherentes al Licenciado Aranda, cundió la angustia por los minutos de reposición que derivarían en una igualdad de infarto.

“Déjame a mí”, le gritó Eleazar Malavé a su compañero, Eduardo Morelly. Tenía el último aliento en el tórax. Dos pasos atrás y un disparo del balón en parábola perfecta. Golazo. 4-4 y la celebración con Chicho. No podía ser de otra manera. Él había sido el artífice de la épica del chico convertido en grande.

Grande color Vinotinto.


2 comentarios:

  1. Fui testigo de excepción de este partido, que se selló con un armisticio y una bronca inaguantable. Valió la pena vivirlo para contarlo, como dice el maestro García Màrquez

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  2. Fantástico relato. Saludos, Rafael!

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